—¿Estás lista? —preguntó Katerina acercándose a su hija.
—Por supuesto —aseguró Nina, deteniéndose frente a uno de los grandes espejos del salón para ponerse su máscara, que en realidad solo era un entramado negro de silicona con brillantes a cada lado de los ojos, asemejando mucho a las alas de un