Capítulo 9. Mi loba tiene muy mal gusto
A la mañana siguiente descubrí dos cosas.
La primera:
los hombres lobo también sufrían resaca.
La segunda:
yo no necesitaba beber para despertarme con dolor de cabeza.
—Buenos días.
Clara estaba sentada en su cama con las piernas cruzadas y una taza entre las manos.
La odié.
—No.
—Eso no es un saludo.
—Es todo lo que vas a recibir.
Me tapé la cara con la almohada.
Había dormido fatal.
Cada vez que conseguía quedarme dormida aparecía el mismo olor.
Almendras.
Cerezas.
Y unos ojos oscuros mirándo