Lo miro sin disimulo, tratando de que lea en mis ojos lo mucho que lo desprecio, pero quedo atrapada en esas pupilas color plomo que me abrasan como fuego ardiente. ¿Por qué le otorgo ese poder?
En ese momento, la voz de Ferreira interrumpe mis pensamientos. Y no es a mí a quien se dirige, sino a la francesa.
—Fue un placer contar esta noche con su presencia, señorita Dugés —pronuncia Ferreira con pleitesía.
¡Lame botas portugués!
—¡Oh!, dime solo Elie —refiere risueña y hasta parece que lo est