María Joaquina palideció al escuchar aquella amenaza, la piel se le erizó.
—Vámonos —imploró a su novio, lo tomó del brazo y lo sacó de aquel bar, las piernas le temblaban como gelatina.
—¿Cómo se te ocurre hacer eso? —vociferó Sebastián respirando agitado, observando a Majo con profunda seriedad, mantenía los dientes apretados, los músculos tensos. —¿Te gusta ese imbécil?
Majo sintió una punzada en el pecho, los cuestionamientos de Sebastián eran como dagas que se incrustaban en su corazón, y