AUDREY
—¡Caramelo amargo, ese eres tú! —elevo la voz —Y deja de llamarme así, deja de jugar conmigo.
Eso último no debí haberlo dicho, pero no lo pensé antes, maldición.
—¿Jugar? —finge pensarlo —¿En qué forma, caramelito? —remarca las letras cuando pronuncia ese estúpido apelativo que me coloco.
—Que no me llames así —digo entre dientes —Y sabes a lo que me refiero.
Ni yo misma lo sabía. Jugar era parte del plan, ¿no? Pero no jugar conmigo, se supone que el juego debemos jugarlo los dos junto