“Por favor, absténgase de hacerlo una segunda vez,” le dijo con calma.
Sus palabras solo parecieron enfurecerla más.
“¡Maldito—!”
Estaba a punto de golpearlo otra vez cuando su muñeca fue atrapada de repente.
Un destello de sorpresa cruzó el rostro de Alejandro. No fue él quien la detuvo.
Fue Daniel