El lobo de cabellera plateada no estaba precisamente acostumbrado a relacionarse con humanos. Más allá de su compasión por ellos, nunca había cruzado demasiadas palabras con alguno, pues todos sus veintiún años de vida los había vivido rodeado de otros de su especie, sin tener que ocultar su verdadera naturaleza licántropa.
Por eso no le tembló el pulso ni la voz para amenazar de muerte a Pablo al ver lo que le estaba haciendo a Mía.
Él todavía estaba aprendiendo a conocer la universidad, a los