ANDREW
Evelyn colocó la comida delante de mí, y el aroma de su plato inundó la habitación mientras se dejaba caer en el sofá. Apoyó la cabeza en mis piernas y me sonrió.
La miré, con su cabello oscuro esparcido sobre mi muslo, y no pude evitar devolverle la sonrisa.
«No sabes escuchar, ¿verdad?», bromeé, dándole un golpecito en la cabeza con los dedos. Ella gimió, haciendo un puchero con los labios, pero no se movió.
Su terquedad era entrañable, casi tanto como la forma en que siempre encont