SOLANGE
—¡Syaoran! —grito al tiempo que me acerco a él.
Pero rápidamente dos Voyevikis me interceptan en cuánto lo hago, haciéndome imposible el que pueda llegar hasta él. El corazón me late frenético, las manos me sudan y el alma se me cae a los pies al verlo en este estado.
—Suéltalo —le pido a Vladimir Grees—. Deja libre a Syaoran.
—No —espeta con rudeza.
Entrecierro los ojos.
—¿Por qué no? —camino hasta él—. Ya me tienes, soy tu esposa, déjalo libre.
—No son órdenes que dependan de mí