La tarde se encontraba en su punto álgido cuando Jazmín irrumpió en las oficinas Montenegro. Su presencia imponía, y sus pasos resonaban firmes contra el mármol del vestíbulo. La recepcionista intentó detenerla, pero fue inútil; la determinación en sus ojos no dejaba espacio para objeciones.
Ava estaba sentada en su nueva oficina, revisando unos documentos, cuando la puerta se abrió de golpe. Levantó la mirada y se encontró con el rostro furioso de Jazmín.
—¿Qué demonios crees que estás haciend