En el pasado, escuchar esas palabras de Sebastián me habrían destrozado el alma. Pero ahora, solo podía sentir decepción, de haber desperdiciado tanto tiempo en él. Qué idiota era. De manera certera, le respondí con frialdad:
—El acuerdo el divorcio es una realidad. Regresa y fírmalo.
Sin darle tiempo a replicar, colgué el teléfono.
Media hora después, sonó el timbre. Pensé que sería Sebastián, así que fui apresurada a abrir la puerta. Sin embargo, no era él. Delante de mí, con su estúpido gato