Valerie bajó lentamente los escalones que le quedaban, mientras la seda color esmeralda de su vestido rozaba suavemente el frío mármol. Una opresión nerviosa se apoderó de su pecho. Escuchar a Damian llamarla «mi esposa» en voz alta ante aquellas mujeres formidables le cortó la respiración, pero enderezó los hombros, recurriendo a cada gramo de aplomo que había desarrollado desde que entró en su mundo.
—Buenas noches —dijo Valerie, con voz firme y melodiosa al llegar al final de la escalera. Hi