¡No! ¡No! ¡Por favor! ¡No hagas eso! No, supliqué a todo pulmón, me puse de rodillas y
junté mis manos rogándole y suplicándole que no bebiera su orina.
Esto era asqueroso y no podía imaginar a nadie haciendo eso, mucho menos a alguien bajo mi cuidado. Había olvidado de repente que este hombre lindo frente a mí había perdido la cordura y todo lo que me importaba en ese momento era evitar que tomara ese veneno.
Él me sonreía cada vez que daba un paso en su dirección. Pero tan pronto como me dete