Bajo la mirada de todos, Evaristo arrancó violentamente las vendas. Al caer las vendas, se reveló una pomada negra y pegajosa, similar a estiércol de vaca. La pomada cubría completamente la herida, dando una impresión bastante repulsiva.
—¡Tráeme un balde de agua para limpiar la herida! —Evaristo señaló al azar a un médico, acertando justo en Ovidio, quien estaba acurrucado en la esquina.
—¿Yo? —Ovidio se señaló a sí mismo, algo atónito. Había estado observando fríamente, intentando evitar pro