Marisa compró una casa de un solo piso, con un pequeño jardín que daba a la calle y con un patio trasero de pocos metros. No era la casa más pequeña del mundo, pero, en comparación de su anterior casa, no era mucho, en realidad; aun así, teniendo su casa propia, ella no dejó la casa de Maximina, pues estaba cómoda en ese lugar, acompañada de esa familia que también estaba cómoda con ella.
Entre esa nueva familia se estableció una buena rutina: de lunes a viernes, cada mañana desayunaban juntos