El auto había salido disparado por la carretera, el hospital más cercano estaba a dos horas aproximadamente.
Y en el asiento del conductor, las manos del hombre temblaban con temor.
—Acelera el maldito auto, carajo—se escuchó el rugido de Joseph.
En la parte de atrás Selene iba acurrucada sobre el asiento. Por otra parte Joseph se pegaba más a la puerta del automóvil para darle más espacio a su hermana. Pero la sangre en sus piernas no dejaba de fluir, y el asiento ya había quedado empapado.
—M