Sus ojos son tan calculadores como siempre. Lo ven todo. No se pierden nada.
El resto de él, sin embargo, ha cambiado. Está cubierto de tatuajes que asoman por debajo del cuello y los puños de su blanca y almidonada camisa de vestir. Incluso su cara está tatuada.
Si mamá pudiera verlo, lloraría. Menos mal que está muerta.
“Debo decir que me sorprendió escuchar tu voz” comenta él. “Casi no lo creía. Después de todo este tiempo, ¿qué podría querer Dante Romanoff de su patético hermano mayor?”.
“