CAPITULO 40: CONFESION ROMANTICA
Después de prepararse, el auto que había enviado Sebastián llegó a la hora indicada. Isabella se había vestido elegante, aunque no sabía si era lo correcto, y de paso no podía evitar estar nerviosa. Mientras transitaban la ciudad, no dejaba de preguntarse a dónde irían. Su estómago dolía, como si mariposas revolotearan dentro de él.
Finalmente, el auto se detuvo frente al edificio más alto de Sídney.
—Hemos llegado, señora —dijo el chófer.
Isabella asintió y se