María Constanza
Su lengua jugaba con la mía, se sentó en el mueble sin soltarme, mi corazón latía al máximo, sus manos recorrieron mi espalda y cuando supe sus intenciones lo detuve, no por miedo, sino porque me llegó hace dos horas el periodo y salí a inyectarme. Su boca soltó mis labios, luego llegó a uno de mis senos para morder uno de mis pezones. Esto era delicioso, pero debía decirle que ahora no podemos llegar hasta el final.
—Santos.
—No me detengas.
—Lo siento, pero si debes detenerte,