POV de NINA
Mis manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos me dolían, blanqueados por la tensión. El reloj del tablero marcaba las dos de la mañana. Madrid se desvanecía en el espejo retrovisor, convertida en un mar de luces distantes que, en lugar de guiarme, parecían observarme con juicio.
—¿Mami? ¿A dónde vamos? Tengo sueño —la voz de Mateo, pastosa y débil desde el asiento trasero, me desgarró el alma.
Tragué saliva, intentando que mi voz no delatara el pánico que me devor