Viendo a su hija perder nuevamente su sonrisa, Damián sintió cierta melancolía en su corazón.
De repente, Liliana, sentada frente a Ximena, dijo:
—Mamá, ¿puedo sentarme con Luciana? Hay un asiento vacío allí.
Ximena sonrió,
—Si quieres ir, ve y habla con Luciana.
—Mamá, mejor no— Nicolás miró a Liliana con interés, —Si Liliana no va, Luciana podrá comer sin problemas. Pero si Liliana va, su saliva podría terminar en el plato de alguien más.
—¡Ah!— Liliana gritó hacia Nicolás, —¡Estoy harta de