— Imposible, la señorita es tan talentosa y hermosa, no puedo permitir ese tipo de sacrificio desinteresado. Sería el primero en protestar —dijo uno de los guardaespaldas.
— Entonces ve y detenla —sugirió otro.
— Estoy en horario de trabajo —respondió el primero.
Ajena a la conversación de los guardaespaldas detrás de ella, Liliana observaba embelesada a Fabián, quien estaba sentado frente a su escritorio, tomando notas con dedicación.
La suave luz del sol caía sobre él, resaltando sus faccione