El pasillo hasta la habitación parecía interminable. Ricardo caminaba despacio, como si cada paso le resultara demasiado pesado.
Otávio y Estela le seguían de cerca, él rígido, ella en silencio y sollozando de vez en cuando.
Cuando llegaron ante la puerta, el médico hizo un gesto discreto.
—Está despierta, pero aún muy débil. Intenten evitar discusiones.
—Por supuesto —respondió Ricardo con voz ronca.
Respiró hondo y entró. La habitación estaba en penumbra.
Vanessa estaba tumbada, conectada al