Estás loca.
Poco convencido, Cesare Santorini prácticamente sintió que flotaba bajo el suelo de madera de la elegante sala, mientras la ingeniosa mujer sonreía a todo el mundo atrayendo cualquier atención de forma involuntaria y natural. Era como un imán para los ojos, y aunque Madson Reese era igual, había en ella una sensualidad difícil de explicar. Pero mirarla era como olvidar que había otra mujer viviendo en esta tierra.
Cesare Santorini tragó el líquido de su segundo vaso y la observó como un halcón,