CAPITULO 97

A la mañana siguiente, los rayos del sol ingresaron por la ventana desprovista aún de cortinas y sentí el cuerpo cálido de mi mujer removerse.

—Buenos días —susurré en su oído.

Ella sonrió.

—Buenos días, amor —respondió risueña y el calor en mi pecho se hizo inmenso. Besé su hombro desnudo y su cuello. Sentí cómo su piel se erizaba y reaccionaba a mi c

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