Todo por amor
Todo por amor
Por: Rakel Luvre
PREFACIO

"Veo en ellos un sinfín de sentimientos, puedo leerlos con un simple gesto. La ira representada en su ceño fruncido. La tristeza de su alma en aquella mirada evasiva que busca un lugar seguro en el piso. La rebeldía y la negación, se pueden observar en la postura de sus brazos cruzados y rostros llenos de gestos de superioridad. Pero es en aquellos rostros en los que una vieja amiga, la soledad, roba su interés hacia la nada; perturbando su mente y llevándolos lejos del presente, quienes finalmente llaman más mi atención"

Ethan observa a Elena recostada en una camilla de hospital debatiéndose entre la vida y la muerte. Su rostro lleno de magulladuras y cortadas no es lo peor que ha visto; sí, lo que más le ha dolido. Recuerda la primera vez que la vio: era joven, dulce e ingenua; su cabello oscuro estaba más largo, y por ese entonces tenía un cuerpo con bonitas curvas que le provocaron insomnio durante muchas noches después. Puede enumerar cada una de las cualidades que descubrió la noche en que la conoció. Sin embargo, los ladrones de su corazón, no fueron otros que sus dos grandes ojos verdes que lo miraban con desconfianza. Reconoce que la mujer de los recuerdos no se parece en nada a la que hoy duerme frente a él. Cierra los ojos y respira profundo, trata de encontrar el momento exacto en el que ocurrió su cambio, pero no lo encuentra; no lo recuerda.

«¿Cómo no me di cuenta?», se reprocha en silencio. Sabe que puede ser demasiado tarde para salvarla o para arrepentirse.

Desea poder regresar el tiempo para desechar el orgullo y reconocer que nunca dejó de amarla; y que fue un tonto por negarse a sí mismo la verdad. Sí, todavía siente amor por ella.

«¡Estoy tan avergonzado! Y todavía así, rechazo la idea de suplicarle perdón».

Arrastra una silla al lado de la camilla dispuesto a continuar velando el sueño de Elena. La culpa lo atormenta por toda la humillación y el sufrimiento que le causó. Coloca los codos en las rodillas y una vez inclinado, se cubre el rostro con la palma de sus manos en un intento vano de esconder su vergüenza al mundo. Sabe que la vida no tendrá misericordia con él, o, al menos, no lo hará su conciencia. Por eso su mente prodigiosa lo tortura con los recuerdos de su estupidez y con las fantasías de lo que pudo haber hecho bien. Arruinado y solo, se deshace en ira, lágrimas y desconsuelo.

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