Abigail, durante la madrugada, salió de la cama con cuidado de no despertar a su marido, quien estaba profundamente dormido. Con pasos sigilosos, se dirigió al exterior y pronto descendió por las escaleras que conducían al sótano, ese lugar al que recurría pocas veces y que ahora visitaba con mayor frecuencia. Estar allí era torturarse una vez más, pero de alguna manera no podía dejar de visitar ese sitio, un lugar que contenía los recuerdos del pasado y, sobre todo, la memoria de Julieta.
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