“¡Eres simplemente un despiadado!”. Quincy no pudo evitar regañarle con rabia.
Era difícil que uno cambiara su personalidad por mucho tiempo que pasara. Como era de esperar, él no había cambiado ni un poco incluso después de tantos años. Por mucho que le regañara, Dayton no se enfadaba en absoluto. Eso no era propio de él.
“Ve a lavarte y a cepillarte los dientes. El desayuno está listo”, dijo él en un tono uniforme cuando ella terminó de regañarlo.
Era algo bueno que Quincy no lo hubie