—¡No seas idiota! —lo detuvo Enrique, sujetándolo con fuerza—. ¡No sabemos si está sola! ¡Te van a matar allá arriba!
—¡Me importa un carajo!
—¡Y a mí no! —le gritó Enrique de vuelta—. ¡Primero Isabella!
Antes de que la discusión escalara, el sonido de sirenas rompió el caos.
Luces rojas y azules il