Dulce engaño. Capítulo 3. La mismísima inquisición.
Sony Scott
Cuando vi su mensaje, me sorprendí, ¿Será que se equivocó? No pude evitar enviarle un mensaje diciéndole que se había equivocado, y esperé nerviosa su respuesta, cuando me respondió que no se había equivocado, contuve el grito de mi garganta.
Quizás había enloquecido, pero nunca en mis veinticinco años me había sentido tan cautivada por un hombre, él era distinguido, tierno, caballero, atractivo, todo lo que había imaginado de mi príncipe azul.
Sin poder contenerme envié un mensaje,