—Elena Cruz.
El sonido de mi nombre me detuvo en seco. Era la voz del director de la prisión: baja, autoritaria, de ese tono que te hace enderezar la espalda antes incluso de girarte.
Me volví y lo vi de pie en la puerta de su oficina, con una mano grande sujetando el marco. Sus ojos afilados estaban fijos en mí, y había algo en su expresión —algo que me decía que, fuera lo que fuera lo que iba a decir, probablemente no me gustaría.
Entré. El olor familiar me golpeó primero: café ya tibio y el