Llamó a Reed a las diez. Kai seguía durmiendo.
Estaba sola en la mesa de la cocina; solo la lámpara del rincón proyectaba un suave halo de luz y la ciudad resplandecía afuera, con el teléfono apretado en la mano.
Reed contestó de inmediato.
—Cuéntame —dijo ella.
—¿Cuánto sabes realmente sobre por qué Amara dejó a Kai hace tres años? —preguntó Reed.
Ella apretó el teléfono, pensativa.
—Él dijo que le habían ofrecido un puesto de socia en Londres —respondió—. Que rompieron. Que fue, no sé, algo l