-¡Mamá! -gritó Chelsea-. ¡No puedo casarme con ese viejo! ¿De verdad permitirías que tu marido me haga esto?
-Tranquila -dijo Melinda con suavidad-. Mañana te vas de Nueva York. Irás lo más lejos posible para que nunca te encuentre. Tengo una amiga en Fredericksburg, Texas. Te quedarás allí.
-¿Y tú qué? -preguntó Chelsea entre lágrimas-. Tú serás la que sufra. Mamá, no puedo dejarte aquí. Ven conmigo.
Melinda negó con la cabeza.
-No puedo. Usé mis últimos recursos para darte esta oportunidad. N