Mundo ficciónIniciar sesiónSeguían muy cerca el uno del otro, y Vivian no quería ceder ante aquel dios griego sexy e insoportable.
—Te encanta cómo te miro, ¿verdad? —dijo él, sujetándola por la cintura.
—Me das asco. —Ella intentó recuperar la seguridad que había sentido en aquel pasillo.
—¿De verdad, cariño? —Él le sujetó la mandíbula y la miró a los ojos.
—¿Cuántas veces quiere oír eso, señor Cross? —preguntó ella.
—Tantas veces como quiera oírte gritar mi nombre —respondió él con una seriedad que la descolocó.
—Supongo que nunca volverá a oírlo. —dijo ella.
—¿Tan segura estás? —preguntó él, posando la mano en su muslo.
—Al cien por cien. —afirmó ella.
—¿Qué pasaría si deslizara la mano por tu muslo hacia arriba? —dijo mientras deslizaba la mano lentamente por su pierna.
—Nada. —respondió ella, intentando no dejar escapar un suspiro.
—¿Estás segura? —preguntó él mientras bajaba la mano hacia la humedad entre sus piernas.
Estaba protegida por ropa interior de encaje.
Ella gimió levemente.
—¿Ves cómo ya estás húmeda por mí? —Adrian sonrió mientras le susurraba al oído.
—Solo estoy ovulando. —logró decir ella.
—Así que no te gustaría que yo... —Él frotó el pulgar sobre su clítoris, ya hinchado.
Un gemido se le escapó de los labios.
—Usa las palabras, cariño. —Él sonrió con picardía mientras le mordía la oreja.
—Adrian, para... —gimió ella.
—¿Por qué debería...? —Él lo hizo más despacio.
—Porque... porque te odio, y odio lo que me haces. —dijo ella.
—El sentimiento es mutuo, cariño. —dijo él con una sonrisa cínica.
Luego se detuvo y entró en el baño pasándose la mano por el pelo.
Vivian intentó recuperar el aliento mientras se miraba en el espejo; estaba totalmente sonrojada. No podía creer que una noche con Adrian fuera tan... caótica.
Se metió en la cama e intentó dormir, pero no hacía más que dar vueltas. ¿En qué estado se encontraría su padre? Se mordió el labio y cerró los ojos.
Luego escuchó cómo se abría la puerta del baño. Quería mantener los ojos cerrados, pero esos pequeños traidores la delataron, tal como lo había hecho todo su cuerpo. Adrian salió con una toalla enrollada a la cintura y el cabello completamente mojado.
Ella apartó la mirada.
—¿Te gusta lo que ves? —dijo él con una sonrisa.
—No. Simplemente te miré por casualidad —respondió ella.
—Ya, claro... —rio él entre dientes.
Ella se dio la vuelta mientras él se vestía. Llevaba una sudadera sin mangas y pantalones deportivos.
Luego se acostó en el lado de la cama opuesto al de ella.
«Ya, claro...», pensó Vivian.
Por primera vez en su vida, intentó contar ovejas...
—¿Qué estás haciendo? —rio Adrian.
—¿Cómo que qué hago? Estoy contando ovejas —respondió ella.
—¿En serio...? Eso suena estúpido —comentó él.
—El estúpido eres tú —murmuró ella.
—¿Qué has dicho...? —alzó una ceja.
«¿Es posible que sea aún más atractivo...?», dijo una de sus voces interiores.
—Mañana tenemos que hacer las fotos de la boda —dijo él, como si fuera un simple negocio; bueno, lo era, pero aun así...
—Pero si no tuvimos boda —dijo ella con tono burlón.
—Nadie lo sabe.
—¿Entonces para qué las fotos? —frunció el ceño.
—Para la prensa —dijo él secamente.
—Te encanta la atención, ¿verdad? —puso los ojos en blanco.
—¿A quién no?
—A mí no —suspiró ella.
—Es que no entiendes este estilo de vida; por eso no ves su belleza —ella se encogió de hombros.
—Solo ves la belleza en las cosas que quieres o que te gustan. No les das una oportunidad a las demás, ¿verdad? —preguntó él.
—Lo dice el tipo que me llamó zorra en una fiesta —dijo ella con incredulidad.
—Hablo de dos cosas distintas: de la belleza, no de ti —aclaró él.
—¿Quieres decir que no soy hermosa? —preguntó ella, molesta. —La belleza está en los ojos de quien mira, ¿verdad? —sonrió él.
—Así es. Que pases buena noche —dijo ella, alejándose de él.
A la mañana siguiente, Vivian despertó sintiendo un brazo grande y fuerte rodeándole la cintura.
Por un momento pensó que se trataba de su padre, comportándose de forma extraña como de costumbre. Pero recordó que su padre jamás entraba en su habitación, ni siquiera cuando ella veía películas de terror.
Entonces recordó la fiesta y que ahora estaba casada con aquel idiota.
Retiró el brazo de él con cuidado y salió de la cama.
—Sí... soy una genia —se felicitó a sí misma.
—¿De verdad lo crees, eh? —dijo él.
Ella dio un respingo.
—¿No eres más que un tipo raro? —preguntó, frunciendo el ceño mientras se volvía hacia él con aire amenazador.
—Soy mucho más que eso, cariño —dijo él.
—Deja de llamarme así —respondió ella.
—Lo que quieras, cariño —dijo él, sonriendo y mostrando sus dientes perfectamente blancos.
—Uf, eres imposible. —Ella entró en el baño y se duchó tras cepillarse los dientes con el cepillo nuevo que llevaba su nombre.
Al salir, encontró a unas diez personas en la habitación con productos para el cabello, vestidos y una gran cantidad de maquillaje.
—Ni siquiera he desayunado —dijo ella, frunciendo el ceño.
—Miguel... —dijo Adrian.
—Sí, señor —respondió un hombre bajo y robusto.
—Tráele el desayuno —ordenó Adrian.
—Sí, señor —dijo Miguel—. ¿Qué le gustaría desayunar, señora?
Vivian iba a pedir tortitas, pero se dio cuenta de que podía pedir cualquier cosa que quisiera. Además, solo le gustaban las que preparaba su padre.
—Solo dame unos huevos y salchichas; ah, y tostadas francesas y zumo de mango —dijo con una sonrisa.
Unos minutos después, Miguel le trajo el desayuno.
—Tienes un gran apetito —comentó Adrian mientras la observaba comerse cinco salchichas.
—No puedo hacer cosas en contra de mi voluntad con el estómago vacío —dijo ella, metiéndose un tenedor lleno de huevos en la boca.
—Es hora del maquillaje, señora —dijo una mujer de voz suave.
—De acuerdo —respondió Vivian tras dar un sorbo a su zumo de mango.
—Colabora con ellos; yo voy a ir a prepararme —dijo Adrian.







