Vivian gimió cuando el sol de la mañana le dio en la cara, ya que no tenía cortinas que la protegieran de él.—Nota mental: comprar cortinas algún día —se dijo a sí misma mientras se levantaba de la cama, despeinada.Se dio una ducha fría porque no le quedaba más remedio. Luego se vistió con una camisa blanca y vaqueros azules, se puso el delantal de rayas y se recogió el pelo en un moño.Entró tarareando en la cocina y se encontró a su padre sirviendo tortitas mientras maniobraba con las ruedas de su silla de ruedas.—Buenos días, papá —dijo Vivian mientras le daba un beso en la cabeza, que ya mostraba signos de calvicie.—Hola, rayito de sol —dijo él con una sonrisa—. He preparado el desayuno —lo dijo como si no lo hiciera todas las mañanas.—¡Bien! —exclamó ella mientras se sentaba a la mesa.Comió tan rápido que parecía como si alguien la hubiera retado a terminar en cinco segundos.—Vaya, calma un poco, hija, no vaya a darte un infarto —dijo él riendo.—Tengo que terminar rápido,
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