Scarlett Ashford
La presión tenue e increíblemente débil de los dedos de mi padre, que se cerraban sobre mi palma, fue la victoria más grandiosa de toda mi vida.
Me quedé allí sentada durante lo que me parecieron horas, con la cara hundida en el borde de su colchón, completamente anclada por ese movimiento minúsculo y frágil. No podía hablar, y su rostro seguía siendo una máscara flácida y exhausta de parálisis, pero su alma luchaba contra el veneno.
Él estaba allí.
Poco a poco, la puerta det