El auto deportivo rojo bloqueó el paso de Naomi a unos metros de la escuela y ella frunció el ceño. Ella ya sabía a quién pertenecía. Justo en ese momento, el vidrio tintado negro del lado del conductor bajó y vio al apuesto chico detrás del volante. “Sube”, dijo sin mirarla.
“No gracias, puedo arreglármelas”, respondió ella, alejándose del auto.
“Sube al auto, Naomi, o te obligaré”, esta vez, Asher la miró y ella jadeó y eso fue porque en lugar de azul medianoche, sus ojos eran de un marrón