—No lo malinterpretes, es que...— Adriana suspiró. Esto, en realidad, era muy largo de explicar, pero tenía que decirlo:
—O sea, sí, somos esposos. Solo que le digo tío cuando hay extraños alrededor — dijo, con una sonrisa incómoda y forzada.
—¡A mí me va y me viene si son o no no esposos! — El viejo, impaciente, se dio la vuelta y, después de presionar un botón al azar, la trampa para animales en la pierna de José se abrió automáticamente.
Adriana vio los agujeros sangrientos en su pierna y lo