—Estás cansada, ve y duerme —dijo José, como si hubiera entendido la insinuación en su mirada. De manera inusual, fue muy atento.
—En las montañas no es seguro por la noche. Ellos dos harán turnos para vigilar —añadió, indicando que ella durmiera en una tienda de campaña sola, mientras José tendría su propia tienda. Los otros cuatro hombres descansarían en turnos de dos en dos.
Adriana lo entendió al instante y, al relajarse, sintió como se alivianaba:
—No tengo sueño, señor. ¿Por qué no cali