—Adriana, perdóname, de verdad me equivoqué —decía Carlos, arrodillado en el suelo, con lágrimas en los ojos y una mirada de culpa.
Intentó agarrar la falda de Adriana, pero ella, con desdén, dio un paso atrás. Carlos levantó la cabeza, sorprendido.
—¿Adriana, me tienes miedo?
—¿Miedo? —Adriana dejó escapar una risa burlesca—. Solo eres una rata sucia, ¿qué tendría que temer? Simplemente no quiero saber de ti.
La expresión de Carlos se endureció por un momento, pero luego miró fijamente las