Negocios entre dos
Martins se retiró sin dejar de mirarme de soslayo mientras caminaba, como para conminar en mí una reacción de miedo y temor que lograse pasar desapercibida para el señor Cavill. Ese hombre que en apariencia parecía ser una mansa paloma que no rompía ni un plato, en realidad era una máquina de maldad sin control ni atenuantes, una máquina que elucubraba entre las sombras moviendo sus tentáculos más allá de lo que se podía ver a simple vista; sin embargo, el señor Cavill parecí