Entre la sangre y el deseo (4ta. Parte)
Al día siguiente
New York
Claire
Admito que bastó ver a Alexander para desmoronarme, para sentir cómo me quemaba esa maldita sospecha de que podíamos ser hermanos. Sentía un nudo en la garganta, el corazón estrujado, y las pocas fuerzas escapando por la ventana. Temía que cometiera una imprudencia, que enfrentara a Victoria… a mi propio padre, porque estaba desesperado, angustiado y al borde de un colapso. Pero no era para menos: había soltado una verdad que nos destruía a cada segundo.
Ahí esta