Dahlia se detuvo frente a la oficina del Padre Elías y llamó a la puerta. Llevaba unos shorts ajustados que abrazaban su redondo trasero y dejaban ver la piel suave de sus muslos. La puerta se abrió lentamente con un crujido. El Padre Elías estaba sentado detrás del gran escritorio de madera, vestido con su sotana negra. Sus ojos recorrieron su cuerpo un momento antes de apartar la mirada.
—Hola, Padre —dijo ella con voz suave mientras cerraba la puerta y se acercaba—. Necesitaba verte esta noc