Habían pasado tres semanas desde aquella noche salvaje con el personal de limpieza justo afuera de la puerta. Lena y el Dr. Julian Reese habían caído en una rutina peligrosa pero adictiva. Ella visitaba la clínica dos veces por semana: una como paciente real para sus registros y otra después del horario cuando el edificio estaba en silencio. Sus mensajes se volvieron cada vez más atrevidos. Julian ya no contenía sus deseos y Lena había dejado de fingir que solo quería ayuda médica. Lo quería a