71. Mía

Los dedos de Jim se deslizaron como un soplo, dibujando las facciones de Silvia en las sombras, sus narices a pocos centímetros, sus piernas aún enredadas.

—Sabes que eres mía, ¿verdad? —susurró, su pulgar resbalando por los labios entreabiertos. Silvia encontró sus ojos por intuición y asintió—. Nada podría cambiarlo ya, aun si jamás volviéramos a vernos o hablarnos.

—Lo sé. Desearía poder evitarlo.

Los dedos de Jim recorrieron la línea de su mandíbula hacia su mentón

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