POV:Jessica
La herida del brazo me dolió toda la noche. Apenas amaneció, me levanté, me aseé y me puse una camisa de manga larga para cubrir la gasa. La última maleta estaba de pie en el recibidor; el pasaporte y el acuerdo de divorcio iban en mi bolso de mano.
Jordán salió del cuarto de visitas todavía con la camisa de la noche anterior.
—A Iara se le hinchó el pie. En la mañana tiene que ir al hospital para que le tomen una radiografía.
Se apretó el entrecejo con los dedos; en su voz se notaba el cansancio de haber pasado la noche en vela.
—Arréglate y ven conmigo a pedirle disculpas.
Me miró como quien atiende un caso que le da dolor de cabeza, pero que no tiene nada de complicado.
—Jessica, no quiero ser duro contigo. Pero la culpa de todo esto es tuya. Si Iara no te lo toma en cuenta, es por consideración a mí.
Miré a quien había compartido mi vida durante siete años. Él sabía detectar una mentira por las pausas de un testimonio y encontrar la verdad en cualquier contradicción. Pero anoche no me dio la oportunidad de dar explicaciones.
Solo porque la que se había caído era Iara, me condenó de entrada.
—Está bien.
Jordán se quedó confundido.
—¿En serio está bien?
Se le relajó el gesto tenso. Luego se acercó a mí y, como después de cada discusión, levantó la mano para acomodarme el cabello. Giré la cara y su mano se quedó suspendida en el aire.
—Anoche te hablé un poco duro. Cuando se muden, hablamos tú y yo a solas. No firmé el acuerdo de divorcio ni lo voy a firmar.
—¿Por qué? —le pregunté.
—Porque lo nuestro no ha llegado a ese punto.
Lo dijo con seguridad.
—Es que últimamente he estado muy ocupado y no he tomado en cuenta lo que sientes. Siete años de amor no desaparecen por lo de estos días.
Levanté la mirada hacia el 1 rojo intenso que Jordán tenía sobre la cabeza. Él no sabía que ni siquiera nos quedaba otro encuentro. Tampoco sabía que ese amor que, según él, no iba a desaparecer se había agotado hacía mucho, cada vez que él elegía a alguien más.
Desde el cuarto de visitas se escuchó la voz de Iara.
—Licenciado Varela, parece que Santi también tiene un poco de fiebre.
Jordán se dio la vuelta en el acto. Dio dos pasos y se volteó hacia mí.
—En cuanto te cambies, baja. No los hagas esperar mucho —me advirtió.
Diez minutos después, Iara llegó al recibidor apoyada en su brazo. Jordán cargaba a Santi, que tenía la cara hundida en su hombro. Así, juntos, parecían más una familia que nosotros dos en nuestra foto de bodas. Iara me vio y su mirada vaciló un instante.
—¿Usted también va a salir, señora Varela?
—Va con nosotros al hospital.
Jordán respondió por mí. Se las arregló para dejar una mano libre y tomó las llaves del auto.
—Voy con ellos. Tú nos alcanzas después.
Se abrió la puerta de seguridad y entró el aire de la mañana. De pie en medio de la sala, lo vi salir en silencio. Cuando la puerta estaba por cerrarse, el 1 sobre la cabeza de Jordán parpadeó levemente.
La luz roja se fue apagando, como la llama de una vela que apaga el viento. Y al final quedó en cero. Antes creía que, cuando el número sobre su cabeza llegara a cero, me derrumbaría y correría a detenerlo sin importarme nada.
Pero ahora que había llegado ese momento, en mi interior solo quedaba calma. La puerta se cerró del todo. Me quité el anillo de bodas del dedo anular y lo dejé sobre el mueble del recibidor. Después tomé la maleta y bajé por el otro ascensor.
El auto de Dayanira ya estaba estacionado afuera del residencial. Al ver la gasa en mi brazo, le cambió la cara.
—¿Qué te pasó?
—Ya no importa.
Le entregué un poder firmado.
—Encárgate tú de todo lo del divorcio.
Dayanira tomó el documento y, sin volver a intentar convencerme, solo guardó mi equipaje en la cajuela. Íbamos camino al aeropuerto cuando Jordán me envió un mensaje.
“En cuanto estés lista, baja. Esta noche te llevo a celebrar el aniversario que quedó pendiente”.
Miré el mensaje y no le respondí. Luego bloqueé su número, sus redes sociales y cualquier otra forma de contacto, y apagué el celular. Cuando sonó el aviso de abordaje por altavoz, entré a la pasarela con mi equipaje a rastras y no volví a mirar atrás.
Media hora después, el avión atravesó las nubes, y las luces de incontables hogares allá abajo se fueron reduciendo a puntos lejanos, como estrellas.
Jordán nunca sabría que aquel “∞”, que alguna vez significó para siempre, había llegado a su fin hacía mucho, cada vez que él me daba la espalda.