POV:Jessica
A las once de la noche, terminé de hacer la última maleta. Estaba revisando con la cabeza agachada el pasaporte y los documentos cuando tocaron suavemente a la puerta. Iara entró con un vaso de leche y llevaba puestas mis pantuflas.
—Señora Varela, de verdad lamento mucho lo que pasó hoy.
Dejó la leche en la orilla de la mesa y su mirada se posó en la maleta abierta.
—¿Va a hacer un viaje largo?
—No es asunto suyo.
Cerré el sobre de los documentos. No se fue. Al contrario, se dio la vuelta y cerró la puerta.
—La verdad, no tiene por qué estar tan a la defensiva conmigo. Si el licenciado Varela me ayuda, es solo porque le damos lástima mi hijo y yo.
Mientras hablaba, levantó la mano para acomodarse el cabello; la manga se le deslizó y dejó ver en su muñeca un reloj de hombre. Era el regalo que le di a Jordán en su cumpleaños del año pasado. Al reverso de la carátula estaba grabada nuestra fecha de boda.
Lo miré unos segundos y extendí la mano.
—Quíteselo.
Iara, como si apenas recordara que aún tenía el reloj en la muñeca, se apresuró a explicar:
—Anoche, mientras le ponían suero a Santi, se me acabó la pila del celular, y el licenciado Varela me prestó el reloj por miedo a que no supiera bien la hora. Estuvo ocupado todo el día; seguro se le olvidó pedírmelo de vuelta.
—Le dije que se lo quitara.
La disculpa en sus labios se atenuó un poco, pero se tomó su tiempo para desabrochar la correa.
—Señora Varela, si ya se va, ¿qué le importa un reloj?
Levanté la mirada hacia ella.
—¿Quién le dijo que me voy?
—Ya tiene las maletas hechas, ¿o no?
Iara echó un vistazo al clóset y rio en voz baja.
—La verdad, no hace falta que se vaya de la casa para obligarlo a volver con usted. Odia que lo amenacen.
No tenía ganas de seguir hablando con ella, así que estiré la mano para tomar el reloj. Pero Iara se echó hacia atrás, y el tacón fue a dar al borde de la alfombra.
Y luego gritó, se fue de espaldas y derribó el portarretratos de vidrio que estaba sobre el mueble. El estruendo se escuchó hasta la sala. Jordán entró corriendo.
—¡Iara!
Me apartó de un empujón y se inclinó para levantar a la mujer del suelo. Tomada por sorpresa, me golpeé contra la esquina de la mesa, y además el brazo se me raspó con los vidrios rotos regados por el suelo.
Sentí un dolor punzante, y la sangre no tardó en empapar la manga. Iara, pálida, se sujetaba el tobillo y negaba con la cabeza.
—No culpe a la señora Varela. Vi que estaba haciendo las maletas y, como me preocupaba que se fuera enojada, por eso le hice unas preguntas de más. Quizá malinterpretó la relación entre usted y yo.
Jordán levantó la mirada hacia mí con decepción.
—¿La empujaste?
Me apreté el brazo que sangraba.
—Si te digo que no, ¿me creerías?
Guardó silencio por unos segundos.
—Jessica, Iara ya tenía el pie lastimado, y pasado mañana tiene que presentarse en una audiencia. Aunque estés enojada conmigo, no deberías desquitarte con ella.
Recordé que, hace siete años, un compañero del museo me acusó en falso de plagio. Cuando todas las pruebas me señalaban, Jordán, en cambio, dijo que la Jessica que él conocía no robaría el trabajo de nadie. Después consiguió las grabaciones de seguridad y demostró mi inocencia.
En ese entonces creí que, pasara lo que pasara, él siempre me creería primero a mí. Hasta el privilegio de la confianza puede pasar a manos de otra persona.
—Ya entendí.
La sangre me escurría por los dedos y caía sobre la foto de bodas hecha añicos. Jordán no lo vio. Ya se había agachado para cargar a Iara y se dirigía a paso rápido a la habitación de huéspedes. Solo al llegar a la puerta se volteó para mirarme.
—Mañana temprano vas a pedirle disculpas. Se van a mudar pronto, así que ya no hagas dramas.
Me quedé donde estaba, viendo cómo aquel uno rojo intenso sobre su cabeza desaparecía tras la puerta. Luego tomé el celular y cambié el vuelo original a las nueve del siguiente día.