La comisaría se alzaba en la esquina como una bestia vieja y cansada que hubiera visto demasiados años. Sus muros de hormigón eran gruesos y grises, ese gris que emanaba de décadas de gases de escape y mugre urbana que se acumulaba en cada grieta y hendidura. Todo el edificio parecía irradiar calor, devolviéndolo a cualquiera que se acercara. El sol caía a plomo sin piedad, una bola de fuego implacable en un cielo despejado.
Un grupo de personas se encontraba frente a la entrada, dispersas en p