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Horace entró a su oficina e ignoró a su secretaria que le hablaba avisándole tal vez de reuniones y citas. Cerró la puerta casi delante de ella y se dirigió como un sonámbulo hasta su escritorio dejándose caer en la silla.

Era un disparate, una completa locura.

Esas palabras se repetían una y otra vez en su mente desde que August Warden había asegurado ser Adam Ellington e incluso le había descrito una escena

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