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Todo estaba en silencio, y Adam, recostado sobre las almohadas, no dejaba de tocar a Tess. Sus manos, su brazo, su hombro. Toda ella era suavecita, y bonita, digna de tocar.

Tenía una pregunta atascada en la boca, algo que siempre se había preguntado. Al final, ya no pudo soportarlo más, y habló.

—¿Tess, por qué me olvidaste? —Tess se quedó totalmente quieta, dejó salir el aire y se sentó en la cama mir&a

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